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sábado, 4 de mayo de 2013

Nombres bíblicos y su verdadero significado


1/ La palabra hebrea que en la Biblia se traduce por Dios es Elohim, forma plural que normalmente (si se infringiera la tradición) habría que traducir por «dioses»: Génesis 3.22. ...He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal... Génesis 11.7. Bajemos, pues, y confundamos su lengua... [en estos plurales habla Dios dando a entender que son varios los dioses].

2/ La palabra «hombre» es la traducción del término hebreo adam, que es una expresión general  muy semejante al concepto que queremos comunicar con la voz «humanidad». La palabra hebrea para el hombre como individuo es ish.

3/ Suele admitirse que el nombre Caín («Kayin» en hebreo) significa «herrero». Por su parte, el nombre de Abel («Hebel» en hebreo) significa «un soplo de aire».

4/ En lengua babilónica el nombre de la ciudad es «Bab-ilu», que significa «puerta de Dios». De ahí se deriva el hebreo «Babel» y el griego «Babilonia».

5/ En general, se describe a los descendientes de Sem como habitantes de la península Arábiga y las regiones adyacentes del Norte, incluida la del Tigris-Éufrates, que constituye el núcleo geográfico de las primeras secciones del Génesis. Como ello incluye a los propios hebreos, se otorgó a Sem un lugar de honor convirtiéndole en hijo primogénito de Noé (o al menos se le menciona en primer lugar). Por esa razón, a las lenguas de los pueblos que habitaban esa región se las denomina «semíticas». Tales lenguas comprenden el hebreo, el asirio, el arameo y el árabe.



viernes, 26 de abril de 2013

EL TALISMÁN DE ISIS

   En el libro de San Cipriano, dedicado al arte de la magia y que data de épocas antiguas, se lee la siguiente anotación:


Isis, conocida con el sobrenombre de “Buena Diosa”, era la divinidad bienhechora de los egipcios. Su principal atributo era el trébol de cuatro hojas, una de las singularidades vegetales más raras que se conocen, tan rara como la felicidad, con cuyo trébol se hizo el emblema isíaco. El trébol de cuatro hojas no es una especie diferente, sino el mismo trébol ordinario (trifolium pratesse) que, por la voluntad de Isis, tiene excepcionalmente una hoja de cuatro lóbulos. La planta que posee esta distinción divina no florece jamás y no puede, por tanto, reproducirse.
                Entre los egipcios que habían consagrado un culto especial a Isis, no eran iniciados en los misterios nada más que los que habían encontrado el trébol de cuatro lóbulos: el encuentro era a los ojos de los patriarcas una evidente prueba de la protección de la diosa.
                Durante la ceremonia solemne de la iniciación el neófito ofrecía a Isis, en el momento de los sacrificios, la hoja que había encontrado y recibía a cambio de las manos del gran sacerdote un trébol de cuatro lóbulos de plata, talismán sagrado, que juega un papel preponderante en los principales actos de la existencia.
                La felicidad acompaña a este talismán. El novio se lo ofrece a la novia como prenda de amor; la madre lo cuelga al cuello de su hijo como preservativo de las adversidades de la vida, y dentro de la familia se trasmite de padre a hijos como símbolo sagrado de prosperidad. También solía colocarse en los sarcófagos, en piadoso testimonio de confianza en su eficacia hasta para la otra vida.
                Para darse cuenta exacta de la gran importancia concedida por los egipcios al trébol de cuatro lóbulos, hay que consignar que lo esculpían en los monumentos y jeroglíficos. Figura el trébol de cuatro lóbulos sobre el Obelisco de Londres, llamado “Aguja de Cleopatra”, y sobre la mayor parte de los libros funerarios. Se ve en la famosa tabla isíaca que representa los misterios de Isis, existente en la galería de Turín. Los sacerdotes de esta diosa sujetaban su túnica de púrpura con un alfiler en forma de trébol de cuatro lóbulos prendido en los hombros.
Otras historias y curiosidades

miércoles, 20 de marzo de 2013

Un micro-relato


Laura apenas acababa de levantarse, cuando se dirigió hacia la cocina para preparar un poco de café enfundada en una bata gruesa de invierno, aunque afuera lucía un espléndido sol de verano. Mientras trajinaba con el agua y la cafetera, Laura murmuraba entre dientes algunas palabras confusas, revueltas y sin sentido. De vez en cuando levantaba la voz, como si al otro lado del salón contiguo alguien la estuviera escuchando: “ya te lo dije ayer, ¿ves lo que ocurre? Otro día sin noticias”. Luego, tornaba a sus murmuraciones ininteligibles. Una vez que se hubo servido una taza de café, salió de la cocina con el pocillo en la mano. Se fue directa al despacho de su marido, se sentó ante la mesa y encendió el ordenador al tiempo que volvía a levantar la voz: “La verdad es que no sé por qué me molesto en mirar el correo; seguramente hoy tampoco habrá nada”. De cuando en cuando sorbía un poco de café sin apartar la mirada de la pantalla, al tiempo que con la mano libre manejaba el ratón. “¿Lo ves?”, dijo al cabo de un par de minutos, “Nada”. Se levantó de golpe.

 Clavó la mirada en la puerta de su habitación, cerrada. Allí dormía ella; allí dormía con su marido. Se había acostumbrado a levantarse como a hurtadillas para no despertarlo, pero al poco ya le estaba dando voces para que despertara; y así siempre, en los últimos quince años. Su marido solía tardar en levantarse y en no menos de quince o veinte minutos no acostumbraba a desperezarse. Entre tanto, Laura preparaba el café para los dos y unas tostadas, aunque los últimos meses se había olvidado de esto último y su desayuno se reducía a esa tacita de café que no apeaba de la mano hasta haber apurado la última gota. Todas las mañanas era la misma rutina: se tomaba el café mientras revisaba el correo electrónico y, al final, acababa sentada en la cocina aguardando a que su marido tuviera a bien acompañarla. Ese día, sin embargo, se quedó con la mirada fija en la puerta sin saber por qué. Le tembló ligeramente la mano con el café, algo no muy normal en ella, que presumía de un pulso a prueba de todo. Fueron unos pocos segundos, durante los que su rostro pareció haber visto un espectro; pero sólo fueron unos segundos, después de los cuales retornó a la normalidad, como si nada la hubiese interrumpido.

Se fue a la cocina, se sentó en la misma silla de siempre y volvió a levantar la voz: “Ya van para dos semanas y tu hijo sigue sin venir por aquí”. Guardó silencio antes de preguntar: “¿Me has oído?”. Nadie respondió. Absorbió la postrera gota de café, dejó el pocillo sobre la mesa y salió de la cocina; de nuevo volvió a mirar la puerta de la habitación, cerrada, y sintió el mismo estremecimiento. Esta vez fue una llave en la cerradura de la puerta de la calle la que la retrajo al mundo. Laura se giró bruscamente hacia ella, sorprendida de que alguien tuviera una llave de la puerta. Ésta se abrió y entró un hombre que rondaba los cuarenta años, vestido con traje oscuro y corbata negra. Al ver a Laura allí, de pie, en bata, con el cabello alborotado, se le acercó sin apartar los ojos de ella; le extendió los brazos y la rodeó con ellos, recibiendo, a su vez, otro abrazo no menos intenso. “Hijo”, murmuró Laura, “hijo”, repitió; “tu padre…” y la frase se ahogó en su garganta.

sábado, 19 de enero de 2013

De planetas y dioses

     Si miramos al firmamento durante una noche despejada, veremos multitud de puntitos luminosos, más o menos titilantes, a los que llamamos estrellas; pero de todas esas luminaras hay algunas que no brillan por sí mismas, sino que reflejan la luz que les llega del Sol: son planetas de nuestro sistema solar. Los planetas que se ven a simple vista o con prismáticos son los interiores Venus y Marte, y los gigantes Júpiter y Saturno. Todos ellos, y los demás y los satélites de éstos, tienen un nombre: ¿Por qué recibieron esos nombres y no otros? Por supuesto, muchos de ellos ya fueron bautizados en la antigüedad, otros muchos lo fueron desde entonces hasta hoy día. 

     Los nombres que escogieron para ellos fueron tomados de la mitología greco-latina; así, el dios Mercurio dio nombre al planeta más cercano al Sol, ¿por qué?. Porque se consideraba que nuestra estrella era el astro más importante del firmamento, una especie de dios de dioses dentro de los elementos celestes y el planeta más cercano a él recibió el nombre del mensajero de los dioses, Mercurio, quien llevaba los deseos de Júpiter a los demás dioses. El caso de Venus aún es más comprensible: se decía que la diosa Venus no sólo era la diosa del amor, sino que además era la más bella criatura que había existido y que habría de existir y, dado que el  segundo planeta más cercano al Sol era el más brillante del cielo nocturno, fue bautizado con el nombre de la diosa. El dios Marte era el dios de la guerra, cuyo color representativo era, evidentemente, el rojo de la sangre; ya que el cuarto planeta más cercano al Sol se caracteriza por el tono rojizo, no hubo muchas complicaciones al nombrarlo como el dios romano. 

     El planeta siguiente era y es el más grande del sistema, casi el embrión de una estrella frustrada, por eso lo llamaron Júpiter, que era el más poderoso de los dioses. Un poco más allá de este planeta está el planeta Saturno, nombrado de este modo porque, al igual que el dios Júpiter descendía del dios Saturno, este sexto planeta aparece como el segundo en el escalafón por orden de importancia. Algo parecido ocurre con el séptimo planeta, cuyo nombre es el homónimo al dios Urano, padre del dios Saturno: parece comprensible que si el orden divino era Júpiter, Saturno y Urano [nieto, padre y abuelo], en el orden planetario debería ser el mismo. En cuanto al octavo planeta, Neptuno, recibe su bautismo del dios del mismo nombre, que era hermano de Júpiter y, así como éste reinaba desde el cielo, Neptuno reinaba desde el mar. Por lo que respecta a Plutón, si bien ya no es considerado como tal, en su momento se le bautizó como tal en honor al dios Plutón, otro hermano de Júpiter: Júpiter reinaba desde el cielo, decíamos, Neptuno lo hacía desde el mar y Plutón gobernaba en la tierra y en el inframundo, en el infierno [tres dioses para tres reinos: aire, agua y tierra].

     No sólo los planetas llevan nombres de dioses romanos, también sus satélites, salvando alguna excepción. Por ejemplo, uno de los satélites de Plutón se llama con toda lógica Caronte, que era el nombre del barquero que llevaba las almas de los muertos de una orilla de la laguna Estigia hasta la otra, en donde estaba el infierno, los dominios del dios Plutón. Otro ejemplo; los dos satélites de Marte se llaman Deimos y Fobos, que era como se llamaban los caballos que el dios Marte tenía. Un último ejemplo; uno de los muchos satélites con que cuenta Júpiter se llama Ganímedes [es el más grande de todos los del sistema solar, más grande incluso que Mercurio], que era el nombre de un amante de Júpiter y copero del monte Olimpo, residencia oficial de los dioses, así que qué menos que llamar así a un satélite que orbita alrededor del dios supremo.
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martes, 1 de enero de 2013

Un trío amoroso en el Olimpo griego


Uno de los dioses greco-romanos más controvertidos es Hefestos, que los romanos llamaron Vulcano, el protagoniza uno de los cuadros más famosos del pintor español Diego Velázquez. Hefestos era hijo de la diosa Hera (los romanos la llamaban Juno), que estaba casada con el todopoderoso Zeus (el Júpiter de romano). Unos dicen que Hefestos fue engendrado por el matrimonio, pero otros creen que era hijo sólo de Hera (poco antes Zeus había sacado a la diosa Atenea de su propia cabeza, por lo que su celosa esposa quiso hacer algo parecido con Hefestos).

            Sea como fuere, cuando Hefestos nació era tan feo, tan deforme, que a los demás dioses les daba grima sólo mirarlo, incluso el mismo Zeus lo agarró y lo arrojó desde lo alto del Olimpo (el monte donde moraban los dioses) y éste cayó rodando hasta llegar a la isla de Lemnos. Cuando aterrizó allí, lo único que le había pasado era que había roto una pierna, por eso tuvo cojera durante toda su vida.

            Pero Hefestos, cuando creció, se convirtió en el único dios que realmente trabajaba, y lo hacía muy bien modelando cosas con el fuego, por eso tenía una fragua propia y varios cíclopes que le ayudaban. Construía todo lo que le pedían y lo que hacía no tenía rival; entre otros trabajos Hefestos era quien fabricaba los rayos que Zeus mandaba a diestro y siniestro y, por agradecimiento a su hijo (o hijastro), le concedió un deseo: Hefestos quería casarse con la diosa más hermosa del Olimpo, Afrodita, y Zeus se lo concedió.

            Ahora bien, a Afrodita, además de ser la más bella, le gustaban las fiestas, las excursiones exóticas, los cotilleos… lo normal. Estando casada con el seriote de Hefestos se aburría enormemente; además, su marido no era ni mucho menos un “adonis”: feo, cojitranco y siempre de mal humor. Así que Afrodita buscó consuelo fuera del lecho conyugal y lo encontró en el lecho de Ares (el Marte romano), que era un dios al que le gustaba ir a guerrear con sus armas, muy machote él, muy viril, apuesto y fuerte, y siempre presumiendo de músculo. Así que no fue de extrañar que Afrodita y él acabaran teniendo una relación extramarital. Intentaban, cómo no, esconderse lo más posible, pero el dios Apolo, que era un dios muy cotilla y que siempre acababa enterándose de todos los trapicheos, también dio en conocer esta relación y se fue con el cuento a Hefestos.

            Llegados a este punto, Hefestos, que seguía enamorado de Afrodita, quiso dar una lección a los amantes, pero intentando que su esposa siguiera a su lado. Así pues, construyó una especie de telaraña muy resistente hecha a base de plata. Como Apolo le había indicado donde solían encontrarse, Hefestos esperó paciente y escondido, con la telaraña preparada, a que aparecieran los dos. Y aparecieron. Y Hefestos les dejó hacer; o sea, que, como cualquier pareja en tales situaciones, se dispusieron a gozarse uno del otro. Cuando estaban los dos concentrados en el meollo, Hefestos lanzó sobre ellos la telaraña y quedaron atrapados como dos moscas. Luego, llamó a los demás dioses para que vieran el espectáculo y allí se reunieron a echar unas cuantas carcajadas a costa de la pareja, aunque los dioses machotes no dejaban de admirar, entre risa y risa, los atributos femeninos de Afrodita, y alguno hubo, como Hermes (al que los romanos llamban Mercurio), que confesó que no le importaría ser motivo de burla si hubiera estado en lugar de Ares.

            Al final, Hefestos les hizo prometer que no se volverían a ver, si les liberaba. Claro, aceptaron sin rechistar. Sin embargo, se cree que después de unos días, durante los cuales ni Afrodita ni Ares se mostraban en público avergonzados, retomaron su relación amorosa y así continuaron hasta el final de los tiempos.
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lunes, 31 de diciembre de 2012

FELIZ AÑO NUEVO

Todos los años y en todas las partes del mundo se celebra el final de un ciclo y el comienzo de otro; este ciclo es, por supuesto, el final del viaje que nuestra Tierra hace alrededor del Sol.Cada civilización midió este tránsito de forma más o menos pareja, pero no igual, de ahí ese desfase, por ejemplo, entre los años chinos y los occidentales. Incluso en el mundo occidental hubo distintas maneras de contabilizar los años. En lo que nos atañe a nosotros, en un principio sólo había diez meses (desde marzo hasta diciembre, según el calendario romano), hasta que el calendario se reformó en época del Papa Gregorio, de donde nos viene el nombre de "calendario gregoriano". En esa reforma se añadieron dos meses (enero y febrero) y se determinaron los años bisiestos, para que el calendario no quedara desfasado con respecto al movimiento terráqueo en torno a nuestra estrella. 
Pues bien, los romanos se regían por un calendario que contabilizaba los años a partir del año de la mítica fundación de su ciudad, Roma, en el año 756 antes de nuestra era. Por lo que respecto a nuestra contabilización, comenzamos los años a partir del mítico nacimiento de Jesús, el Mesías. Sin embargo, Asturias contó también con su propio cómputo. Nuestros antepasados iniciaron el cómputo desde el año 38 antes de nuestra era, cuando los romanos iniciaron las guerra cántabras (contra cántabros y astures). Ese cómputo no fue de corta duración, pues se mantuvo durante el reinado de Asturias y aún durante varios siglos en la Edad Media, hasta que se adoptó el calendario europeo. Así pues, para darnos una idea del recuento anual, el año 2000 de nuestra era (después de Cristo), correspondería al año 2038 de la era hispánica; de otra manera, el año 2013 de la era cristiana correspondería al año 2051 de la era hispana. 
Sea como fuere, Feliz Año Nuevo, cuando corresponda.

martes, 23 de octubre de 2012

las palabras y su origen


      Hace más de 8.000 años que al menos tres palabras siguen pronunciándose igual, así lo han afirmado algunos lingüistas estudiosos de la lengua “indoeuropea”, que es aquélla que hablaban los habitantes del centro de Europa unos seis mil años antes de nuestra era. Aquellas poblaciones fueron expandiéndose y llevando consigo su lengua, que fue variando con el paso del tiempo hasta acabar diferenciándose entre sí; hacia el sur (latín, griego), hacia el norte (antiguo irlandés), hacia el este (indoiranio, tocario), etc… Pues bien, las tres palabras a las que aludíamos al principio son: “papa”, “mama” y “caca”, justo con la misma acepción que hoy conocemos.
      La historia de la lengua puede ser, cuando menos, curiosa, como en el ejemplo anterior. Hay, por supuesto, muchísimas más anécdotas. Una de ellas involucra al “latín” y al “castellano”. Resulta que en latín los nombres de los árboles eran femeninos, significando que eran como madres que parían a sus hijos, que eran los frutos, los cuales tenían género masculino; ahora bien, en castellano estos dos géneros acabaron por torcerse y ahora los árboles suelen ser masculinos y sus frutos femeninos.
      Es sabido que el latín y el griego, junto con el árabe, forman la base de las lenguas de la Península Ibérica, a excepción del vascuence. De las lenguas clásicas (las dos primeras mencionadas) se pueden formar palabras nuevas y, si se aplican las reglas para ello, pueden ser perfectamente válidas, aunque no existan previamente. Pongamos un modelo: en griego “teca” alude a un lugar u objeto que sirve para guardar algo; al mismo tiempo, “pinacs” alude a una tabla pintada; así pues, “pinacoteca” es un lugar donde se guardan cuadros de pintura. Por supuesto, esta palabra ya existe, pero nosotros podemos inventar otras. En griego “piros” significa fuego, luego una “piroteca” es un lugar donde se guarda el fuego (tal vez un mechero). Por cierto, “piros” (fuego, como en “pirómano”), unido a la palabra “opos” (que significa “palabra” en griego), forma la otrora muy usada palabra “piropo” (palabra de fuego).
      Además de todo esto, también podríamos aludir a ciertos pares de palabras castellanas que, aunque parezcan diferentes, tienen la misma raíz latina: “testículo” y “testigo” no sólo es la misma palabra antes de evolucionar, sino que en un principio significaban lo mismo. Al parecido ocurre con “Francisco” y “francés” (ambos referidos al país vecino). ¿Y qué decir de Santiago y Diego? Estos dos nombres provienen de la misma palabra: Yago; el primero debió de ser un santo varón (Sant-Yago) y el segundo… pues no.