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viernes, 21 de junio de 2013

Un dictado moral que se ha perdido en el presente

                Hace ahora algo más de cuatro milenios, concretamente entre los años 2375 y 2345 antes de nuestra era, existió en lo que actualmente es Egipto un rey llamado Unas. Como era costumbre desde hacía más de medio millar de años, los reyes se construían una tumba durante su reinado; al principio eran mastabas, luego pasaron a ser pirámides. Pues bien, este rey Unas fue el primero que mandó grabar en las paredes interiores de su pirámide mortuoria lo que más tarde se conocería como “Textos de las pirámides”, que no eran otra cosa que escenas que explicaban mitos religiosos, trazando, de este modo, el desarrollo de la religión egipcia desde la época predinástica. Ésta fue una tendencia que copiaron los reyes futuros.
                En las inscripciones de estas tumbas los difuntos, los reyes son descritos con el término “imakhu”, que viene a significar algo así como “el honrado por” o “el que es provisto por”, refiriéndose al dios Osiris como el cuidador de estos difuntos en la otra vida. Ahora bien, para ganarse este apelativo, de suma importancia una vez muerto, quien lo deseara debía de cumplir con cierto requisito imprescindible en esta vida, pues era ley moral en aquella sociedad egipcia que las personas que poseían mayores y mejores bienes cuidaran de aquéllas otras que eran consideradas socialmente desfavorecidas, los pobres generalmente, como un padre cuida a los miembros de su familia.

                Curiosamente, durante esta época los reyes egipcios abandonaron las grandes construcciones funerarias para construir otras más modestas [las grandes pirámides d elos reyes Keops, Kefren y Mikerinos eran anteriores]. Y también curiosamente fue en esta época en que se estableció al dios Ra como símbolo religioso unitario en todo el territorio, a cuya altura se irá colocando poco a poco el dios Osiris.

lunes, 27 de mayo de 2013

Un enigma

En un lugar sin importancia reinaba un sabio, pero cruel monarca, tan aficionado a los acertijos como a los abusos de poder. En cierta ocasión un pretendiente a la mano de su hija fue acusado de haber mantenido relaciones íntimas con otra mujer durante los días de la petición de mano. Como el muchacho era hijo de un noble de reputada lealtad, no sólo la hija, sino también el padre del infortunado consiguieron que el rey le diera una oportunidad para salvar la vida, así que éste ideó un modo de poner a prueba su ingenio. El monarca mandó construir un receptáculo de donde sólo se pudiera salir por dos puertas: detrás de una de ellas colocó a un verdugo, dispuesto a cortar la cabeza a quien intentara salir por allí; la otra puerta conducía a la libertad. 

El rey, entonces, encerró dentro de aquel recinto al prisionero, colocando delante de cada puerta un soldado. Luego, dirigiéndose al reo, el monarca le dijo: "Una de estas puertas te conducirá a la libertad; en cambio, la otra te condena a la muerte. Una vez que abras una de las dos puertas, la decisión estará tomada y deberás acatar la resolución que tú mismo hayas tomado. Para que no sea la volátil suerte la que te conduzca a una u otra salida, podrás realizar una pregunta, UNA SOLA, a uno de los vigilantes, SÓLO A UNO. Te advierto, no obstante, de un detalle importante; uno de los guardias te dirá la verdad, pero el otro te dirá una mentira".

El muchacho deliberó durante un cierto tiempo: "Uno de ellos me dirá verdad y el otro me dirá mentira. ¿Cuál es la pregunta que deberé hacer y a cuál de ellos?"

Quien desee acertar con el enigma, que detenga la lectura aquí mismo y delibere la respuesta correcta. Quien prefiera hallar la solución sin devanarse los sesos, puede continuar. La pregunta correcta se puede realizar a uno cualquiera de los dos centinelas y debería ser algo así: ¿Qué puerta dice el otro vigilante que conduce a la libertad?. Ésa fue, precisamente, la pregunta que hizo el muchacho; después, abrió la puerta opuesta a la señalada por el vigilante y consiguió la libertad.

Expliquemos la solución. Llamemos a la puerta de la libertad A y a la de la muerte B. Recordemos que uno de los vigilantes dice la verdad y el otro la mentira. Si coincide que preguntamos al primero, éste sabe la puerta buena es la A, pero también sabe que el otro dirá B porque es mentiroso, así que la respuesta del vigilante será la B. Consideremos, ahora, que preguntamos al que dice la mentira: éste sabe que la puerta buena es la A y ésa será la que diga el otro, así que mentirá diciendo la B. En cualquiera de los dos casos, la puerta correcta es la contraria a la respuesta. Algo lioso, pero...

sábado, 4 de mayo de 2013

Nombres bíblicos y su verdadero significado


1/ La palabra hebrea que en la Biblia se traduce por Dios es Elohim, forma plural que normalmente (si se infringiera la tradición) habría que traducir por «dioses»: Génesis 3.22. ...He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal... Génesis 11.7. Bajemos, pues, y confundamos su lengua... [en estos plurales habla Dios dando a entender que son varios los dioses].

2/ La palabra «hombre» es la traducción del término hebreo adam, que es una expresión general  muy semejante al concepto que queremos comunicar con la voz «humanidad». La palabra hebrea para el hombre como individuo es ish.

3/ Suele admitirse que el nombre Caín («Kayin» en hebreo) significa «herrero». Por su parte, el nombre de Abel («Hebel» en hebreo) significa «un soplo de aire».

4/ En lengua babilónica el nombre de la ciudad es «Bab-ilu», que significa «puerta de Dios». De ahí se deriva el hebreo «Babel» y el griego «Babilonia».

5/ En general, se describe a los descendientes de Sem como habitantes de la península Arábiga y las regiones adyacentes del Norte, incluida la del Tigris-Éufrates, que constituye el núcleo geográfico de las primeras secciones del Génesis. Como ello incluye a los propios hebreos, se otorgó a Sem un lugar de honor convirtiéndole en hijo primogénito de Noé (o al menos se le menciona en primer lugar). Por esa razón, a las lenguas de los pueblos que habitaban esa región se las denomina «semíticas». Tales lenguas comprenden el hebreo, el asirio, el arameo y el árabe.



viernes, 26 de abril de 2013

EL TALISMÁN DE ISIS

   En el libro de San Cipriano, dedicado al arte de la magia y que data de épocas antiguas, se lee la siguiente anotación:


Isis, conocida con el sobrenombre de “Buena Diosa”, era la divinidad bienhechora de los egipcios. Su principal atributo era el trébol de cuatro hojas, una de las singularidades vegetales más raras que se conocen, tan rara como la felicidad, con cuyo trébol se hizo el emblema isíaco. El trébol de cuatro hojas no es una especie diferente, sino el mismo trébol ordinario (trifolium pratesse) que, por la voluntad de Isis, tiene excepcionalmente una hoja de cuatro lóbulos. La planta que posee esta distinción divina no florece jamás y no puede, por tanto, reproducirse.
                Entre los egipcios que habían consagrado un culto especial a Isis, no eran iniciados en los misterios nada más que los que habían encontrado el trébol de cuatro lóbulos: el encuentro era a los ojos de los patriarcas una evidente prueba de la protección de la diosa.
                Durante la ceremonia solemne de la iniciación el neófito ofrecía a Isis, en el momento de los sacrificios, la hoja que había encontrado y recibía a cambio de las manos del gran sacerdote un trébol de cuatro lóbulos de plata, talismán sagrado, que juega un papel preponderante en los principales actos de la existencia.
                La felicidad acompaña a este talismán. El novio se lo ofrece a la novia como prenda de amor; la madre lo cuelga al cuello de su hijo como preservativo de las adversidades de la vida, y dentro de la familia se trasmite de padre a hijos como símbolo sagrado de prosperidad. También solía colocarse en los sarcófagos, en piadoso testimonio de confianza en su eficacia hasta para la otra vida.
                Para darse cuenta exacta de la gran importancia concedida por los egipcios al trébol de cuatro lóbulos, hay que consignar que lo esculpían en los monumentos y jeroglíficos. Figura el trébol de cuatro lóbulos sobre el Obelisco de Londres, llamado “Aguja de Cleopatra”, y sobre la mayor parte de los libros funerarios. Se ve en la famosa tabla isíaca que representa los misterios de Isis, existente en la galería de Turín. Los sacerdotes de esta diosa sujetaban su túnica de púrpura con un alfiler en forma de trébol de cuatro lóbulos prendido en los hombros.
Otras historias y curiosidades

miércoles, 20 de marzo de 2013

Un micro-relato


Laura apenas acababa de levantarse, cuando se dirigió hacia la cocina para preparar un poco de café enfundada en una bata gruesa de invierno, aunque afuera lucía un espléndido sol de verano. Mientras trajinaba con el agua y la cafetera, Laura murmuraba entre dientes algunas palabras confusas, revueltas y sin sentido. De vez en cuando levantaba la voz, como si al otro lado del salón contiguo alguien la estuviera escuchando: “ya te lo dije ayer, ¿ves lo que ocurre? Otro día sin noticias”. Luego, tornaba a sus murmuraciones ininteligibles. Una vez que se hubo servido una taza de café, salió de la cocina con el pocillo en la mano. Se fue directa al despacho de su marido, se sentó ante la mesa y encendió el ordenador al tiempo que volvía a levantar la voz: “La verdad es que no sé por qué me molesto en mirar el correo; seguramente hoy tampoco habrá nada”. De cuando en cuando sorbía un poco de café sin apartar la mirada de la pantalla, al tiempo que con la mano libre manejaba el ratón. “¿Lo ves?”, dijo al cabo de un par de minutos, “Nada”. Se levantó de golpe.

 Clavó la mirada en la puerta de su habitación, cerrada. Allí dormía ella; allí dormía con su marido. Se había acostumbrado a levantarse como a hurtadillas para no despertarlo, pero al poco ya le estaba dando voces para que despertara; y así siempre, en los últimos quince años. Su marido solía tardar en levantarse y en no menos de quince o veinte minutos no acostumbraba a desperezarse. Entre tanto, Laura preparaba el café para los dos y unas tostadas, aunque los últimos meses se había olvidado de esto último y su desayuno se reducía a esa tacita de café que no apeaba de la mano hasta haber apurado la última gota. Todas las mañanas era la misma rutina: se tomaba el café mientras revisaba el correo electrónico y, al final, acababa sentada en la cocina aguardando a que su marido tuviera a bien acompañarla. Ese día, sin embargo, se quedó con la mirada fija en la puerta sin saber por qué. Le tembló ligeramente la mano con el café, algo no muy normal en ella, que presumía de un pulso a prueba de todo. Fueron unos pocos segundos, durante los que su rostro pareció haber visto un espectro; pero sólo fueron unos segundos, después de los cuales retornó a la normalidad, como si nada la hubiese interrumpido.

Se fue a la cocina, se sentó en la misma silla de siempre y volvió a levantar la voz: “Ya van para dos semanas y tu hijo sigue sin venir por aquí”. Guardó silencio antes de preguntar: “¿Me has oído?”. Nadie respondió. Absorbió la postrera gota de café, dejó el pocillo sobre la mesa y salió de la cocina; de nuevo volvió a mirar la puerta de la habitación, cerrada, y sintió el mismo estremecimiento. Esta vez fue una llave en la cerradura de la puerta de la calle la que la retrajo al mundo. Laura se giró bruscamente hacia ella, sorprendida de que alguien tuviera una llave de la puerta. Ésta se abrió y entró un hombre que rondaba los cuarenta años, vestido con traje oscuro y corbata negra. Al ver a Laura allí, de pie, en bata, con el cabello alborotado, se le acercó sin apartar los ojos de ella; le extendió los brazos y la rodeó con ellos, recibiendo, a su vez, otro abrazo no menos intenso. “Hijo”, murmuró Laura, “hijo”, repitió; “tu padre…” y la frase se ahogó en su garganta.

sábado, 19 de enero de 2013

De planetas y dioses

     Si miramos al firmamento durante una noche despejada, veremos multitud de puntitos luminosos, más o menos titilantes, a los que llamamos estrellas; pero de todas esas luminaras hay algunas que no brillan por sí mismas, sino que reflejan la luz que les llega del Sol: son planetas de nuestro sistema solar. Los planetas que se ven a simple vista o con prismáticos son los interiores Venus y Marte, y los gigantes Júpiter y Saturno. Todos ellos, y los demás y los satélites de éstos, tienen un nombre: ¿Por qué recibieron esos nombres y no otros? Por supuesto, muchos de ellos ya fueron bautizados en la antigüedad, otros muchos lo fueron desde entonces hasta hoy día. 

     Los nombres que escogieron para ellos fueron tomados de la mitología greco-latina; así, el dios Mercurio dio nombre al planeta más cercano al Sol, ¿por qué?. Porque se consideraba que nuestra estrella era el astro más importante del firmamento, una especie de dios de dioses dentro de los elementos celestes y el planeta más cercano a él recibió el nombre del mensajero de los dioses, Mercurio, quien llevaba los deseos de Júpiter a los demás dioses. El caso de Venus aún es más comprensible: se decía que la diosa Venus no sólo era la diosa del amor, sino que además era la más bella criatura que había existido y que habría de existir y, dado que el  segundo planeta más cercano al Sol era el más brillante del cielo nocturno, fue bautizado con el nombre de la diosa. El dios Marte era el dios de la guerra, cuyo color representativo era, evidentemente, el rojo de la sangre; ya que el cuarto planeta más cercano al Sol se caracteriza por el tono rojizo, no hubo muchas complicaciones al nombrarlo como el dios romano. 

     El planeta siguiente era y es el más grande del sistema, casi el embrión de una estrella frustrada, por eso lo llamaron Júpiter, que era el más poderoso de los dioses. Un poco más allá de este planeta está el planeta Saturno, nombrado de este modo porque, al igual que el dios Júpiter descendía del dios Saturno, este sexto planeta aparece como el segundo en el escalafón por orden de importancia. Algo parecido ocurre con el séptimo planeta, cuyo nombre es el homónimo al dios Urano, padre del dios Saturno: parece comprensible que si el orden divino era Júpiter, Saturno y Urano [nieto, padre y abuelo], en el orden planetario debería ser el mismo. En cuanto al octavo planeta, Neptuno, recibe su bautismo del dios del mismo nombre, que era hermano de Júpiter y, así como éste reinaba desde el cielo, Neptuno reinaba desde el mar. Por lo que respecta a Plutón, si bien ya no es considerado como tal, en su momento se le bautizó como tal en honor al dios Plutón, otro hermano de Júpiter: Júpiter reinaba desde el cielo, decíamos, Neptuno lo hacía desde el mar y Plutón gobernaba en la tierra y en el inframundo, en el infierno [tres dioses para tres reinos: aire, agua y tierra].

     No sólo los planetas llevan nombres de dioses romanos, también sus satélites, salvando alguna excepción. Por ejemplo, uno de los satélites de Plutón se llama con toda lógica Caronte, que era el nombre del barquero que llevaba las almas de los muertos de una orilla de la laguna Estigia hasta la otra, en donde estaba el infierno, los dominios del dios Plutón. Otro ejemplo; los dos satélites de Marte se llaman Deimos y Fobos, que era como se llamaban los caballos que el dios Marte tenía. Un último ejemplo; uno de los muchos satélites con que cuenta Júpiter se llama Ganímedes [es el más grande de todos los del sistema solar, más grande incluso que Mercurio], que era el nombre de un amante de Júpiter y copero del monte Olimpo, residencia oficial de los dioses, así que qué menos que llamar así a un satélite que orbita alrededor del dios supremo.
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martes, 1 de enero de 2013

Un trío amoroso en el Olimpo griego


Uno de los dioses greco-romanos más controvertidos es Hefestos, que los romanos llamaron Vulcano, el protagoniza uno de los cuadros más famosos del pintor español Diego Velázquez. Hefestos era hijo de la diosa Hera (los romanos la llamaban Juno), que estaba casada con el todopoderoso Zeus (el Júpiter de romano). Unos dicen que Hefestos fue engendrado por el matrimonio, pero otros creen que era hijo sólo de Hera (poco antes Zeus había sacado a la diosa Atenea de su propia cabeza, por lo que su celosa esposa quiso hacer algo parecido con Hefestos).

            Sea como fuere, cuando Hefestos nació era tan feo, tan deforme, que a los demás dioses les daba grima sólo mirarlo, incluso el mismo Zeus lo agarró y lo arrojó desde lo alto del Olimpo (el monte donde moraban los dioses) y éste cayó rodando hasta llegar a la isla de Lemnos. Cuando aterrizó allí, lo único que le había pasado era que había roto una pierna, por eso tuvo cojera durante toda su vida.

            Pero Hefestos, cuando creció, se convirtió en el único dios que realmente trabajaba, y lo hacía muy bien modelando cosas con el fuego, por eso tenía una fragua propia y varios cíclopes que le ayudaban. Construía todo lo que le pedían y lo que hacía no tenía rival; entre otros trabajos Hefestos era quien fabricaba los rayos que Zeus mandaba a diestro y siniestro y, por agradecimiento a su hijo (o hijastro), le concedió un deseo: Hefestos quería casarse con la diosa más hermosa del Olimpo, Afrodita, y Zeus se lo concedió.

            Ahora bien, a Afrodita, además de ser la más bella, le gustaban las fiestas, las excursiones exóticas, los cotilleos… lo normal. Estando casada con el seriote de Hefestos se aburría enormemente; además, su marido no era ni mucho menos un “adonis”: feo, cojitranco y siempre de mal humor. Así que Afrodita buscó consuelo fuera del lecho conyugal y lo encontró en el lecho de Ares (el Marte romano), que era un dios al que le gustaba ir a guerrear con sus armas, muy machote él, muy viril, apuesto y fuerte, y siempre presumiendo de músculo. Así que no fue de extrañar que Afrodita y él acabaran teniendo una relación extramarital. Intentaban, cómo no, esconderse lo más posible, pero el dios Apolo, que era un dios muy cotilla y que siempre acababa enterándose de todos los trapicheos, también dio en conocer esta relación y se fue con el cuento a Hefestos.

            Llegados a este punto, Hefestos, que seguía enamorado de Afrodita, quiso dar una lección a los amantes, pero intentando que su esposa siguiera a su lado. Así pues, construyó una especie de telaraña muy resistente hecha a base de plata. Como Apolo le había indicado donde solían encontrarse, Hefestos esperó paciente y escondido, con la telaraña preparada, a que aparecieran los dos. Y aparecieron. Y Hefestos les dejó hacer; o sea, que, como cualquier pareja en tales situaciones, se dispusieron a gozarse uno del otro. Cuando estaban los dos concentrados en el meollo, Hefestos lanzó sobre ellos la telaraña y quedaron atrapados como dos moscas. Luego, llamó a los demás dioses para que vieran el espectáculo y allí se reunieron a echar unas cuantas carcajadas a costa de la pareja, aunque los dioses machotes no dejaban de admirar, entre risa y risa, los atributos femeninos de Afrodita, y alguno hubo, como Hermes (al que los romanos llamban Mercurio), que confesó que no le importaría ser motivo de burla si hubiera estado en lugar de Ares.

            Al final, Hefestos les hizo prometer que no se volverían a ver, si les liberaba. Claro, aceptaron sin rechistar. Sin embargo, se cree que después de unos días, durante los cuales ni Afrodita ni Ares se mostraban en público avergonzados, retomaron su relación amorosa y así continuaron hasta el final de los tiempos.
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