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sábado, 22 de junio de 2013

COLORES

De entre las muchas habilidades que el ser humano ha ido adquiriendo a lo largo de su historia desde los ancestros primigenios, cabría destacar una destreza a la que apenas se le da la importancia que su impronta deja en nosotros cada día: al parecer, el ojo humano tiene la capacidad de distinguir más de un millón de tonalidades de colores; no es que distinga más de un millón de colores, sino de tonalidades, como el azul celeste, azul claro, azul marino, azul bebé, azul real, azul egipcio, azul cobalto… La lista, sólo con el azul, se nos puede hacer interminable. Nuestros ojos, los del ser humano, no son los que más lejos ven o los que mejor detallan una figura o los que menos luz necesitan…, pero sí deben de ser los que más tonalidades de color distinguen, aunque no sé si eso nos servirá de mucho como especie. Quizás nos haya podido ayudar a descubrir el mínimo cambio en nuestro entorno para ponernos en alerta ante los depredadores, pero ¿en qué nos afecta hoy en día?

                Todas estas tonalidades se reducen, al menos en teoría, a sólo tres colores, cuya combinación producen todos los demás: el rojo, el azul y el verde [de todos es sabido que si mezclamos rojo y verde obtendremos el amarillo]. Normalmente se mezclan los tres colores entre sí en distintas proporciones, como por ejemplo el marrón, el cual, dependiendo de la cantidad de cada color básico (rojo, verde y azul), será pardo, castaño, carmelita… Por este motivo la fotografía digital suele basar sus colores en un sistema llamado RGB, que son las siglas de las palabras inglesas Red (rojo), Green (verde) y Blue (azul). ¿Y qué pasaría si mezcláramos los tres colores primarios en igual proporción? Pues que obtendríamos el blanco absoluto [obviamente, si nos abstenemos de añadir colores nos toparemos con el negro; esto es, la ausencia de color]. Claro que si cogemos los botes de pintura y mezclamos los tres colores primarios conseguiremos un profundo negro y no el blanco esperado; esto es así, digamos porque el resultado de esta mezcla absorbe toda la luz y no refleja nada [en realidad, los colores son el reflejo de las ondas de luz al incidir en los objetos: la hoja de un árbol absorbe parte de las ondas de luz y las que no absorbe forman el color verde; así que la luz, en sí misma, es blanca]. En conclusión, los colores primarios son verde, azul y rojo, pero las pinturas primarias serían amarillo, cian y magenta, con cuyas mezclas conseguiríamos resultados diferentes a los anteriores [el cian y el amarillo a partes iguales produce el verde].


                Pero, veamos, ¿qué colores existen? ¿cuáles son los colores elementales? La respuesta es ocho: los tres primarios (rojo, verde, azul), los tres secundarios (amarillo, cian, magenta) y los dos acromáticos (blanco y negro) [los colores secundarios son los que se obtienen mezclando a partes iguales los primarios: rojo + verde = amarillo, verde + azul = cian, azul + rojo = magenta]. Cuando dos colores se mezclan en la proporción adecuada y da como resultado un color neutro (gris, blanco o negro), estaríamos hablando de dos colores complementarios; por ejemplo, el verde y el magenta, o el azul y el amarillo, o el rojo y el cian, como en el sistema RGB (el que suele emplear Photoshop y otros programas similares). Si aplicamos esta teoría a las pinturas en sí, las combinaciones varían ligeramente, así que el azul (mejor el cian) no sería el complementario del amarillo, sino del magenta, como en el sistema CYMK (el que suelen emplear las impresoras y que corresponden a los colores Cyan, Yellow, Magenta y Key-black). Por este motivo, cuando nos topamos con una pintura (un cuadro o una pared) en el que predominan dos colores complementarios, producen un efecto de agresividad, de oposición, caso contrario al de los colores análogos, que producen armonía cuando van unidos [los colores análogos son los que están juntos en el espectro; por ejemplo, el rojo tendría como colores análogos al púrpura y al violeta, incluso apurando un poco más serían el rojo violáceo y el rojo anaranjado].
Por supuesto, el conjunto de colores más famoso es el que forma el arco iris, que es un efecto visual causado por los rayos del sol al atravesar las gotas de agua, y cuya consecuencia inmediata es la descomposición del blanco en siete colores: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. A pesar de la variedad de tonalidades de color que podemos distinguir, hay otras que se nos escapan, puesto que nuestro ojo no alcanza a distinguir cuando el objeto rechaza algunos tipos de ondas de luz, que para nosotros serían invisibles; es lo que se conoce como colores ultravioletas y infrarrojos. Resulta que si colocamos toda la gama de colores en hilera, poniendo los ultravioletas en una esquina y los infrarrojos en la opuesta, el color que estaría en medio sería el verde, a un lado de éste estaría el azul y al otro lado estaría el amarillo; es decir, que tal vez el color verde será el más adecuado a nuestra visión.

Unas veces por tradición y otras por motivos más o menos científicos, los colores fueron asociándose a ciertas sensaciones psicológicas, generalizando las cuales podríamos decir lo siguiente: los colores azules transmiten simpatía, armonía y fidelidad; los colores transmiten pasión, amor y odio; los colores amarillos vacilan en sentimientos contradictorios, pero también indica optimismo y celos; los colores verdes se relacionan con la fertilidad y la esperanza; los colores negros suelen asociarse a la muerte, a la violencia y al universo mismo; los colores blancos se inclinan hacia la inocencia, el bien, lo limpio, incluso la nada; los colores naranjas aluden a la diversión, pero también a la alerta; los colores violetas (los más escasos en la naturaleza) indican la ambivalencia; los colores rosas nos previenen de lo dulce y delicado, pero también de lo escandaloso y de los curioso; los colores marrones resultan acogedores, pero también se refieren a lo antipático y lo feo y a la pereza y a la necedad; los colores grises indican aburrimiento, crueldad y antigüedad.


Otras historias y curiosidades

viernes, 21 de junio de 2013

Un dictado moral que se ha perdido en el presente

                Hace ahora algo más de cuatro milenios, concretamente entre los años 2375 y 2345 antes de nuestra era, existió en lo que actualmente es Egipto un rey llamado Unas. Como era costumbre desde hacía más de medio millar de años, los reyes se construían una tumba durante su reinado; al principio eran mastabas, luego pasaron a ser pirámides. Pues bien, este rey Unas fue el primero que mandó grabar en las paredes interiores de su pirámide mortuoria lo que más tarde se conocería como “Textos de las pirámides”, que no eran otra cosa que escenas que explicaban mitos religiosos, trazando, de este modo, el desarrollo de la religión egipcia desde la época predinástica. Ésta fue una tendencia que copiaron los reyes futuros.
                En las inscripciones de estas tumbas los difuntos, los reyes son descritos con el término “imakhu”, que viene a significar algo así como “el honrado por” o “el que es provisto por”, refiriéndose al dios Osiris como el cuidador de estos difuntos en la otra vida. Ahora bien, para ganarse este apelativo, de suma importancia una vez muerto, quien lo deseara debía de cumplir con cierto requisito imprescindible en esta vida, pues era ley moral en aquella sociedad egipcia que las personas que poseían mayores y mejores bienes cuidaran de aquéllas otras que eran consideradas socialmente desfavorecidas, los pobres generalmente, como un padre cuida a los miembros de su familia.

                Curiosamente, durante esta época los reyes egipcios abandonaron las grandes construcciones funerarias para construir otras más modestas [las grandes pirámides d elos reyes Keops, Kefren y Mikerinos eran anteriores]. Y también curiosamente fue en esta época en que se estableció al dios Ra como símbolo religioso unitario en todo el territorio, a cuya altura se irá colocando poco a poco el dios Osiris.

lunes, 27 de mayo de 2013

Un enigma

En un lugar sin importancia reinaba un sabio, pero cruel monarca, tan aficionado a los acertijos como a los abusos de poder. En cierta ocasión un pretendiente a la mano de su hija fue acusado de haber mantenido relaciones íntimas con otra mujer durante los días de la petición de mano. Como el muchacho era hijo de un noble de reputada lealtad, no sólo la hija, sino también el padre del infortunado consiguieron que el rey le diera una oportunidad para salvar la vida, así que éste ideó un modo de poner a prueba su ingenio. El monarca mandó construir un receptáculo de donde sólo se pudiera salir por dos puertas: detrás de una de ellas colocó a un verdugo, dispuesto a cortar la cabeza a quien intentara salir por allí; la otra puerta conducía a la libertad. 

El rey, entonces, encerró dentro de aquel recinto al prisionero, colocando delante de cada puerta un soldado. Luego, dirigiéndose al reo, el monarca le dijo: "Una de estas puertas te conducirá a la libertad; en cambio, la otra te condena a la muerte. Una vez que abras una de las dos puertas, la decisión estará tomada y deberás acatar la resolución que tú mismo hayas tomado. Para que no sea la volátil suerte la que te conduzca a una u otra salida, podrás realizar una pregunta, UNA SOLA, a uno de los vigilantes, SÓLO A UNO. Te advierto, no obstante, de un detalle importante; uno de los guardias te dirá la verdad, pero el otro te dirá una mentira".

El muchacho deliberó durante un cierto tiempo: "Uno de ellos me dirá verdad y el otro me dirá mentira. ¿Cuál es la pregunta que deberé hacer y a cuál de ellos?"

Quien desee acertar con el enigma, que detenga la lectura aquí mismo y delibere la respuesta correcta. Quien prefiera hallar la solución sin devanarse los sesos, puede continuar. La pregunta correcta se puede realizar a uno cualquiera de los dos centinelas y debería ser algo así: ¿Qué puerta dice el otro vigilante que conduce a la libertad?. Ésa fue, precisamente, la pregunta que hizo el muchacho; después, abrió la puerta opuesta a la señalada por el vigilante y consiguió la libertad.

Expliquemos la solución. Llamemos a la puerta de la libertad A y a la de la muerte B. Recordemos que uno de los vigilantes dice la verdad y el otro la mentira. Si coincide que preguntamos al primero, éste sabe la puerta buena es la A, pero también sabe que el otro dirá B porque es mentiroso, así que la respuesta del vigilante será la B. Consideremos, ahora, que preguntamos al que dice la mentira: éste sabe que la puerta buena es la A y ésa será la que diga el otro, así que mentirá diciendo la B. En cualquiera de los dos casos, la puerta correcta es la contraria a la respuesta. Algo lioso, pero...

sábado, 4 de mayo de 2013

Nombres bíblicos y su verdadero significado


1/ La palabra hebrea que en la Biblia se traduce por Dios es Elohim, forma plural que normalmente (si se infringiera la tradición) habría que traducir por «dioses»: Génesis 3.22. ...He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal... Génesis 11.7. Bajemos, pues, y confundamos su lengua... [en estos plurales habla Dios dando a entender que son varios los dioses].

2/ La palabra «hombre» es la traducción del término hebreo adam, que es una expresión general  muy semejante al concepto que queremos comunicar con la voz «humanidad». La palabra hebrea para el hombre como individuo es ish.

3/ Suele admitirse que el nombre Caín («Kayin» en hebreo) significa «herrero». Por su parte, el nombre de Abel («Hebel» en hebreo) significa «un soplo de aire».

4/ En lengua babilónica el nombre de la ciudad es «Bab-ilu», que significa «puerta de Dios». De ahí se deriva el hebreo «Babel» y el griego «Babilonia».

5/ En general, se describe a los descendientes de Sem como habitantes de la península Arábiga y las regiones adyacentes del Norte, incluida la del Tigris-Éufrates, que constituye el núcleo geográfico de las primeras secciones del Génesis. Como ello incluye a los propios hebreos, se otorgó a Sem un lugar de honor convirtiéndole en hijo primogénito de Noé (o al menos se le menciona en primer lugar). Por esa razón, a las lenguas de los pueblos que habitaban esa región se las denomina «semíticas». Tales lenguas comprenden el hebreo, el asirio, el arameo y el árabe.



viernes, 26 de abril de 2013

EL TALISMÁN DE ISIS

   En el libro de San Cipriano, dedicado al arte de la magia y que data de épocas antiguas, se lee la siguiente anotación:


Isis, conocida con el sobrenombre de “Buena Diosa”, era la divinidad bienhechora de los egipcios. Su principal atributo era el trébol de cuatro hojas, una de las singularidades vegetales más raras que se conocen, tan rara como la felicidad, con cuyo trébol se hizo el emblema isíaco. El trébol de cuatro hojas no es una especie diferente, sino el mismo trébol ordinario (trifolium pratesse) que, por la voluntad de Isis, tiene excepcionalmente una hoja de cuatro lóbulos. La planta que posee esta distinción divina no florece jamás y no puede, por tanto, reproducirse.
                Entre los egipcios que habían consagrado un culto especial a Isis, no eran iniciados en los misterios nada más que los que habían encontrado el trébol de cuatro lóbulos: el encuentro era a los ojos de los patriarcas una evidente prueba de la protección de la diosa.
                Durante la ceremonia solemne de la iniciación el neófito ofrecía a Isis, en el momento de los sacrificios, la hoja que había encontrado y recibía a cambio de las manos del gran sacerdote un trébol de cuatro lóbulos de plata, talismán sagrado, que juega un papel preponderante en los principales actos de la existencia.
                La felicidad acompaña a este talismán. El novio se lo ofrece a la novia como prenda de amor; la madre lo cuelga al cuello de su hijo como preservativo de las adversidades de la vida, y dentro de la familia se trasmite de padre a hijos como símbolo sagrado de prosperidad. También solía colocarse en los sarcófagos, en piadoso testimonio de confianza en su eficacia hasta para la otra vida.
                Para darse cuenta exacta de la gran importancia concedida por los egipcios al trébol de cuatro lóbulos, hay que consignar que lo esculpían en los monumentos y jeroglíficos. Figura el trébol de cuatro lóbulos sobre el Obelisco de Londres, llamado “Aguja de Cleopatra”, y sobre la mayor parte de los libros funerarios. Se ve en la famosa tabla isíaca que representa los misterios de Isis, existente en la galería de Turín. Los sacerdotes de esta diosa sujetaban su túnica de púrpura con un alfiler en forma de trébol de cuatro lóbulos prendido en los hombros.
Otras historias y curiosidades

miércoles, 20 de marzo de 2013

Un micro-relato


Laura apenas acababa de levantarse, cuando se dirigió hacia la cocina para preparar un poco de café enfundada en una bata gruesa de invierno, aunque afuera lucía un espléndido sol de verano. Mientras trajinaba con el agua y la cafetera, Laura murmuraba entre dientes algunas palabras confusas, revueltas y sin sentido. De vez en cuando levantaba la voz, como si al otro lado del salón contiguo alguien la estuviera escuchando: “ya te lo dije ayer, ¿ves lo que ocurre? Otro día sin noticias”. Luego, tornaba a sus murmuraciones ininteligibles. Una vez que se hubo servido una taza de café, salió de la cocina con el pocillo en la mano. Se fue directa al despacho de su marido, se sentó ante la mesa y encendió el ordenador al tiempo que volvía a levantar la voz: “La verdad es que no sé por qué me molesto en mirar el correo; seguramente hoy tampoco habrá nada”. De cuando en cuando sorbía un poco de café sin apartar la mirada de la pantalla, al tiempo que con la mano libre manejaba el ratón. “¿Lo ves?”, dijo al cabo de un par de minutos, “Nada”. Se levantó de golpe.

 Clavó la mirada en la puerta de su habitación, cerrada. Allí dormía ella; allí dormía con su marido. Se había acostumbrado a levantarse como a hurtadillas para no despertarlo, pero al poco ya le estaba dando voces para que despertara; y así siempre, en los últimos quince años. Su marido solía tardar en levantarse y en no menos de quince o veinte minutos no acostumbraba a desperezarse. Entre tanto, Laura preparaba el café para los dos y unas tostadas, aunque los últimos meses se había olvidado de esto último y su desayuno se reducía a esa tacita de café que no apeaba de la mano hasta haber apurado la última gota. Todas las mañanas era la misma rutina: se tomaba el café mientras revisaba el correo electrónico y, al final, acababa sentada en la cocina aguardando a que su marido tuviera a bien acompañarla. Ese día, sin embargo, se quedó con la mirada fija en la puerta sin saber por qué. Le tembló ligeramente la mano con el café, algo no muy normal en ella, que presumía de un pulso a prueba de todo. Fueron unos pocos segundos, durante los que su rostro pareció haber visto un espectro; pero sólo fueron unos segundos, después de los cuales retornó a la normalidad, como si nada la hubiese interrumpido.

Se fue a la cocina, se sentó en la misma silla de siempre y volvió a levantar la voz: “Ya van para dos semanas y tu hijo sigue sin venir por aquí”. Guardó silencio antes de preguntar: “¿Me has oído?”. Nadie respondió. Absorbió la postrera gota de café, dejó el pocillo sobre la mesa y salió de la cocina; de nuevo volvió a mirar la puerta de la habitación, cerrada, y sintió el mismo estremecimiento. Esta vez fue una llave en la cerradura de la puerta de la calle la que la retrajo al mundo. Laura se giró bruscamente hacia ella, sorprendida de que alguien tuviera una llave de la puerta. Ésta se abrió y entró un hombre que rondaba los cuarenta años, vestido con traje oscuro y corbata negra. Al ver a Laura allí, de pie, en bata, con el cabello alborotado, se le acercó sin apartar los ojos de ella; le extendió los brazos y la rodeó con ellos, recibiendo, a su vez, otro abrazo no menos intenso. “Hijo”, murmuró Laura, “hijo”, repitió; “tu padre…” y la frase se ahogó en su garganta.