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sábado, 28 de marzo de 2015

EL CALENDARIO

Es de común conocimiento que el calendario por el que nos regimos en la actualidad tiene su origen más inmediato en los tiempos de la Antigua Roma; eso sí, desde entonces ha sufrido alguna modificación para adecuarlo a la forma más correcta posible. También es de común conocimiento que los nombres y expresiones usados en nuestro calendario provienen de los mismos nombres y expresiones empleados por los antiguos romanos. Lo que aquí se pretende, pues, es sólo rememorar todo esto. Empecemos, por tanto, con ello.

Nuestro año, compuesto por 365 días (excepción hecha del “año bisiesto”), lo dividimos en doce partes de más o menos igual duración, a cuya división llamamos “mes”, otorgando a cada uno de los doce meses un nombre concreto, desde “enero” hasta “diciembre”. Esto lo sabemos desde pequeños, pero lo que tal vez no supiéramos es que esta división del año en doce partes no fue siempre así. Si nos fijamos en el nombre de los últimos cuatro meses, notaremos que algo no encaja: “sept-i-e-mbre”, “octu-bre”, “novi-e-mbre”, “dici-e-mbre” (siete-bre, ocho-bre. nueve-bre. diez-bre); pero los números no cuadran con el número de mes, porque septiembre es el noveno mes y no el séptimo, octubre es el décimo mes y no el octavo, etc. El motivo de tal peculiaridad es que en un principio, unos 700 años antes de comenzar nuestra era, el año estaba dividido en diez partes o meses, de donde “dici-e-mbre” era el décimo mes, pues que era el último del año (de modo que el año constaba tan sólo de 304 días). Así pues, el año comenzaba en Marzo y terminaba en Diciembre. ¿Y por qué no se empezó a contar el año precisamente en Marzo y no en Abril o Mayo...? Todo se debe al afán belicoso de aquellos pueblos. Entonces, las guerras se tomaban un respiro en época invernal: los ejércitos se retiraban o bien a sus ciudades o a sus campamentos estables y allí permanecían hasta que el llegaba el buen tiempo, con la primavera. Entonces, los ejércitos se volvían a poner en marcha y se reiniciaban las hostilidades. Dado que para los romanos existía la guerra tenía como símbolo al dios que ellos llamaban Marte, le dedicaron este primer mes de la guerra, sin duda con el loable fin de que el dios le fuera propicio y les ayudara a derrotar al enemigo. Y así, llamaron a este mes “Martium”, de donde proviene nuestro Marzo.

En cuanto a Abril, se tienen dudas sobre el origen del nombre, aunque la mayoría se inclina por relacionarlo con la palabra latina “aperire”, que significa “abrir”, recordando que es el mes en que florecen las plantas y la naturaleza se abre a la primavera. Algo parecido ocurre con Mayo, sobre cuyo origen, el del nombre y no el del mes, parece que no hay consenso, si bien todo hace suponer que se relaciona con un ser sobrenatural de nombre Maia, aunque existían una diosa y una ninfa con ese nombre, de donde surgen dudas sobre a cuál de ellas honrarían los romanos; de todas formas, en este mes los ciudadanos celebraban la fiesta que conocían como Maius, un festival dedicado a la diosa, por lo que parece que ésta es la candidata al premio. Esta Maia era la diosa que, según se creía, auspiciaba la fertilidad, nada más apropiado para un mes en que la vida comienza a brotar por todas partes después del letargo invernal.

Llegamos a Junio. Tampoco aquí parece que haya anuencia sobre el origen del nombre. Mientras unos pretenden emparentarlo con la diosa Juno, otros dicen que estaba dedicado a Junio Bruto, a quien se considera el fundador de la República romana. En cualquier caso, después de este mes llegaba el mes Quinctilis, en clara alusión a que era el quinto. Hasta que no llegó el afamado Julio César, a partir de este mes ya no había meses con nombre propio, sino el ordinal (Sextilis, September, etc). En un principio éste era un mes un tanto largo, dado que contenía ni más ni menos que 36 días; pero llegó Rómulo y fundó la ciudad de Roma, durante el cual reinado a este Rómulo le pareció excesivo tanta cantidad de días y los redujo a 31; despues, hace aproximadamente 2700 años bajo el reinado de un tal Numa Pompilio, el número de días se redujo a 30. Y entonces llegamos a Julio César, que mandó reformar el calendario y “ponerlo al día”, devolviendo los 31 días al mes y actualizando los desfases más notorios que el calendario había ido acumulando por no esta adecuado a los años naturales (la traslación de la Tierra alrededor del Sol). En honor a esta encomiable tarea, se honró a Julio César llamando a este mes Julio (se ve que en aquella época no se dedicaban los nombres de las calles a este tipo de homenajes). A Julio César le sucedió en el poder su hijo adoptivo, Octavio, a quien nombraron Augusto. Octavio, por no querer ser menos que su antecesor, puso su nombre al siguiente mes, de donde pasó de ser llamado Sextilis a ser conocido como Agosto.

Por lo demás, el resto de los meses conversaron su nominación hasta nuestros días. Sin embargo, queda por aclarar el origen de los dos meses que en la actualidad figuran como los que comienzan el año. ¿Cuándo los colocaron ahí y a qué se deben sus nombres? Pues bien, fue bajo el mandato de aquel rey que se mencionó antes, Numa Pompilio, cuando se añadieron estos dos meses, de manera que se vino a reparar un tanto la anomalía del calendario con el “año natural”. Hablemos de Febrero. Su nombre se debe a la palabra latina de origen etrusco “februa”. El día 15 del último mes del año, que era este mes del que hablamos, se celebraba una especie de “fiesta de la purificación”, posiblemente prerromana, que era conocida con ese nombre etrusco. La fiesta alcanzó tanta popularidad que los romanos acabaron por nombrar así al mes en que se celebraba el festival, y de ahí se pasó a inventarse un dios homónimo, cuya misión sería la de purificar, sobre todo mediante el agua. El caso es que , si bien estos dos meses cerraban el año cuando se añadieron bajo Numa Pompilio, el tiempo, el uso y las reformas acabaron por trastocar su posición y al primero de ellos lo pusieron bajo la advocación del dios Jano, que era una especie de dios de doble cara, pues que venía a representar el principio y el fin, el espíritu del doble sentido de la puerta: por un lado sales y por el otro entras; así que Ianuarium (de Ianum), servía para cerrar un año y abrir otro, de donde viene nuestro Enero.


Si alguien se pregunta por qué había tanto disparidad entre el calendario romano y el año que tarda el planeta en rodear el Sol, se debe a que este calendario está basado en las fases de la Luna, no en el Sol, por el cual motivo aún en la actualidad tenemos que añadir un día cada cuatro años.

miércoles, 25 de marzo de 2015

REYES Y PRESIDENTES DE ESPAÑA

Fernando II de Aragón “el Católico” (15 de enero de 1475 – 26 noviembre de 1504 [Castilla])
Isabel I de Castilla “la Católica” (13 de diciembre de 1474 – 26 de noviembre de 1504)
Felipe I de Castilla “el Hermoso” (12 de julio de 1506 – 25 de septiembre de 1506)
Juana I de Castilla “la Loca” (26 de noviembre de 1504 – 26 de noviembre de 1555)
[Fernando II de Aragón fue rey en Aragón des el 20 de enero de 1479 hasta su muerte el 23 de enero de 1516, fecha en que Juana I de Castilla fue coronada como reina de Aragón]
Carlos I “el César Carlos” (14 de marzo de 1516 – 16 de enero de 1556)
Felipe II “el Prudente” (16 de enero de 1556 – 13 de septiembre de 1598)
Felipe III “el Piadoso” (13 de septiembre de 1598 – 31 de marzo de 1621)
Felipe IV “el Rey Planeta” (31 de marzo de 1621 – 17 de septiembre de 1665)
Carlos II “el Hechizado” (17 de septiembre de 1665 – 1 de noviembre de 1700)
Felipe V “el Animoso” (16 de noviembre de 1700 – 14 de enero de 1724)
Luis I “el Bien Amado” (14 de enero de 1724 – 31 de agosto de 1724)
Felipe V “el Animoso” (6 de septiembre 1724 – 9 de julio de 1746)
Fernando VI “el Prudente” (9 de julio de 1746 – 10 de agosto de 1759)
Carlos III “el Político” (10 de agosto de 1759 – 14 de diciembre de 1788)
Carlos IV “el Cazador” (14 de diciembre de 1788 – 19 de marzo de 1808)
Fernando VII “el Deseado” (19 de marzo de 1808 – 6 de mayo de 1808)
José I “Pepe Botella” (6 de junio de 1808 - 11 de diciembre de 1813)
Fernando VII “el Deseado” (11 de diciembre de 1813 - 29 de septiembre de 1833)
Isabel II “la de los Tristes Destinos” (29 de septiembre de 1833 – 30 de septiembre de 1868)
Amadeo I “el Rey Caballero” (16 de noviembre de 1870 – 11 de febrero de 1873)
Estanislao Figueras (12 de febrero de 1873 – 11 de junio de 1873)
Francisco Pi y Margall (11 de junio de 1873 – 18 de julio de 1873)
Nicolás Salmerón (18 de julio de 1873 – 7 de septiembre de 1873)
Emilio Castelar (7 de septiembre de 1873 – 3 de enero de 1874)
Francisco Serrano y Domínguez (3 de enero de 1874 – 30 de diciembre de 1874)
Alfonso XII “el Pacificador” (29 de diciembre de 1874 – 26 de noviembre de 1885)
Alfonso XIII “el Africano” (17 de mayo de 1886 – 14 de abril de 1931)
Niceto Alcalá Zamora (30 de julio de 1931 – 14 de octubre de 1931)
Manuel Azaña (14 de octubre de 1931 – 11 de diciembre de 1931)
Niceto Alcalá Zamora (11 de diciembre de 1931 – 7 de abril de 1936)
Diego Martínez Barrio (7 de abril de 1936 – 11 de mayo de 1936)
Manuel Azaña (11 de mayo – 3 de marzo de 1936)
Francisco Franco (1 de octubre de 1936 – 20 de noviembre de 1975)
Juan Carlos I (22 de noviembre de 1975 – 4 de junio de 2014)
Felipe VI (19 de junio de 2014 - )

Curiosidades

MÚSICA
Las hermanas Cherry, un conjunto de variedades norteamericano que se anunciaba como “el peor espectáculo de América” en 1910, eran tan malas que debían cantar tras una red, que las protegía de los objetos lanzados por los espectadores.

En la música en China se considera como primera nota la más alta y la última es la más baja de la escala.

Una máquina de coser inventada a principios del siglo XIX producía sonidos musicales cuando funcionaba.


HISTORIA
Los escitas del sudeste de Europa, entre el año 600 a.C. y el 100 d.C., honraban a su rey muerto cortándose un pedazo de oreja, de nariz, de la frente y de un brazo, y atravesándose la mano izquierda con una flecha. Los egipcios, en cambio, solían afeitarse la cabeza, pero como señal de luto dejaban crecer el cabello.

Había tan pocas mujeres en el sur de EEUU a principios del siglo XIX que a menudo las viudas recibían proposición matrimonial regresando del entierro del esposo.

La primera forma de seguro se dio en la isla de Rodas en 324 a.C. por si huía algún esclavo.

A los jurados ingleses se les encerraba sin agua ni comida hasta que conseguían un veredicto.
Si las leyes no han cambiado últimamente en Francia, las mujeres que han tenido hijos sin casarse pueden hacerlo con el padre de ellos después de haber muerto.

Según la “Lex Cocinaria” (ley de la cigüeña) los hijos estaban obligados a cuidar de sus padres si eran ancianos.

El poeta inglés Alexander Pope (1688-1744) medía tan sólo 1,37 metros y eran tan delicado que usaba un corsé para mantenerse erecto y tres pares de calcetines para que sus piernas parecieran algo gruesas.

Las lecheras en Inglaterra en el siglo XIX estaban legalmente autorizadas para agregar un tercio de agua en cada envase usado para la distribución diaria de la leche.


COMIDA
Los recién casados en la China antigua recibían lluvia de cebollas para protegerlos contra el mal de ojo. Entre Los antiguos egipcios la cebolla era considerada símbolo de eternidad, llegando a jurar mientras ponían la mano derecha encima de una.

Ponerse la mano en la boca al bostezar tiene su origen en la creencia de que así se evitaba perder el aliento o el alma.

Los antiguos persas hacían el vino a partir de violetas.

La palabra “cocktail” (cóctel) se originó en una cantina mejicana en la que el cantinero mezclaba sus bebidas con la raíz de una planta llamaba Cola de gallo (cock’s tail).


ABSURDOS
Los ciclistas de la ciudad de nueva York en el decenio de 1880 podían ser detenidos si corrían a más de 18 kilómetros por hora.
En Israel se ha llegado a extender un documento de identidad a cada una de las 300.000 vacas que había en su momento.
Los Puritanos de Nueva Inglaterra, en Estados Unidos, rehusaban celebrar el día de Año Nuevo, porque enero tomó su nombre del dios romano Jano, un dios pagano.
La triscaidecafobia (temor al número 13) está tan extendida en Estados Unidos que el 90% de los edificios altos no marcan ese piso.

ASOMBROSO
El desierto de Atacama, al norte de Chile, tiene zonas en las que nunca ha llovido.

James Lewis y James Springer son dos gemelos idénticos adoptados por dos familias distintas siendo niños. Se conocieron 39 años después: ambos recibieron el mismo nombre, se casaron con mujeres llamadas Linda, se divorciaron y se casaron con unas llamadas Betty, sus primeros hijos se llaman James Allan, fueron policías y tienen como pasatiempos la carpintería y la pintura.

La expectativa de vida de los romanos hasta el año 400 d.C. era sólo de 26 años y 6 meses. En el siglo IX había aumentado hasta los 26 años y 7 meses.

Cortar un árbol en una calle o en un jardín era castigable con pena de muerte en la Inglaterra del siglo XIX.

Thomas Wedders trabajó en los circos de Inglaterra durante el siglo XVIII mostrando su nariz, que tenía 18 cm de largo.

David Grant y su esposa Evelyn, de Carlstadt en New Jersey, Estados Unidos, que han estado casados 40 años, fueron operados del corazón por el mismo médico el mismo día en el mismo hospital y fueron dados de alta al mismo tiempo.


ANIMALES
La zorra tiene tan buen olfato que puede identificar a cualquier zorra con la que se cruce y lo último que comió.

Perros de agua eran llevados en la mitad de los galeones españoles para enviar mensajes de unos a otros.

La piel de los elefantes carece de poros, por el cual motivo para expulsar el sudor lo hacen a través de las uñas.


VARIEDADES
El famoso teatro Kibuki de Japón tiene solamente actores, pero anteriormente había solamente actrices.

Sean Connery, el famoso actor, trabajó una vez puliendo ataúdes.

domingo, 8 de junio de 2014

LAS ABEJAS


LAS ABEJAS

                La abeja es un insecto eusocial [el nivel más alto de organización social entre los animales] heminóptero [que tiene alas membranosas, del griego hymen + pteros] de cuatro alas. Se dividen en cuatro especies distintas [apis dorsata, apis florea, apis cercana y apis mellifica], de las cuales la cuarta, la mellifica o doméstica, es la europea y, por consiguiente, la que habita Asturias. Esta abeja europea se subdivide en más de 30 razas, de las cuales la asturiana pertenece a la llamada abeja negra común, caracterizada por la probóscide [trompa] corta [entre 4,6 y 6 mm], por el pelo oscuro y por el carácter irascible.
            La sociedad de las abejas distingue tres tipos o castas dentro de sus colonias: las reinas, las obreras y los zánganos. Cada casta tiene su función y su desarrollo; así, aunque en un principio las reinas y las obreras comienzan alimentándose de jalea real, las obreras cambian de dieta a los dos días, pues, de lo contrario, acabarían adquiriendo la posibilidad de poner huevos, pero infecundos [sólo nacerían zánganos].
            Las abejas que recolectan el polen son las obreras. Éstas son hembras infértiles, cuyo trabajo abarca desde la creación de la cera para construir los panales hasta la limpieza y vigilancia la colmena, así como la crianza de las larvas.
            Las abejas obreras salen a recolectar cumplidos los 18 a 25 días de vida, recibiendo el nombre de pecoreadoras [del latín pecus, ganado]. Buscan el néctar de las flores, el cual absorben con su probóscide [en realidad, una lengua] y, una vez en la boca, con una bomba de succión allí situada lo empujan a través de un largo esófago hasta el buche [ensanchamiento del aparato digestivo]; en el buche el néctar es filtrado por un órgano llamado proventrículo, propio de las aves, los invertebrados y los insectos, limpiándolo del polen. Al llegar a la colmena, las abejas, que ya pesan un 50% más debido a la recolección, regurgitan el contenido del buche a otras abejas, que lo concentrarán en miel gracias a una reducción de agua en torno al 19%. Finalmente, la miel es sellada en una celdilla cubriéndola con un opérculo [tapadera de cera]. Al cabo del día las abejas obreras pueden llegar a realizar 14 viajes de este tipo, siendo su radio de acción no superior a los dos kilómetros desde la colmena.

 

EL POLEN

            Las mieles pueden dividirse en dos clases, multiflorales o milflores, y monoflorales, dependiendo del número de granos de polen que surjan del análisis polínico. Se suelen considerar monoflorales aquellas mieles que alcancen un mínimo del 45% de polen, si bien existen algunas especies de plantas que varían este porcentaje [en el castaño se debe situar entre el 95 y el 99 por ciento; en la falsa acacia no hace falta más que un porcentaje entre el 10 y el 25]. En cuanto a otras tipologías, hay dos tipos de mieles: la caracterizada por un color ámbar [propias de  la zona oriental y la costera], y las de color oscuro [del occidente y zonas de montaña] por su alto contenido en sales minerales [en torno al ocho veces más], principalmente del cobre y del manganeso.
            Las abejas regresan a la colmena con el polen pegado a sus patas, con el que alimentan a las crías y a las otras obreras. Los apicultores colocan unas trampas cazapolen en las piqueras [entrada a la colmena] y entre las alzas. Estas trompan no son más que una rejilla agujereada, por donde las abejas han de pasar y, al rozar las patas con las paredes del agujero, se desprenden del polen, que cae a un depósito inferior. Como este polen recolectado está muy húmedo y puede fermentar, hay que desecarlo con aire caliente o congelarlo para su uso, el cual suele ser el de la alimentación debido a su alto valor nutritivo [contiene más proteína que la ternera, menos grasa que las carnes y en calcio sólo es superado por el repollo; además, sólo el tomate tiene más carotenos (precursores de la vitamina A)]. Según el tipo de polen, sus propiedades varían ligeramente: el de castaño mejora la circulación venosa y arterial, y descongestiona el hígado y la próstata; el de diente de león es diurético, depurativo y laxante.
 

LA CERA

            Cuando el apicultor quita los opérculos de las celdillas, aprovecha para cosechar un elemento pegado a ellos: la cera. Con este método se puede extraer algo más de un kilo de cera pura por cada cien de miel. A veces, sobre todo con las panales viejos, se pueden derretir éstos [con un cerificador solar o una caldera a presión] para conseguir la cera, pero ésta sale mezclada con propóleos y polen: los paneles se meten en una red metálica y todo ello se cubre con agua hirviendo de modo que la cera flota y las impurezas quedan en la red.

            La cera es producida por unas glándulas ceríferas, exclusivas de las abejas jóvenes y situadas en la parte ventral del abdomen. Al ser poco densa, la cera flota en el agua, por cuyo motivo es necesario disolverla con aguarrás u otro disolvente orgánico para obtener un barniz, que protege la madera de la humedad.
            La cera es reutilizada por el apicultor con cierta asiduidad para suministrar nuevos panales a las abejas. Otros usos pasados fue su utilización como velas; griegos y romanos, por su parte, escribían ene tablilla enlucidas con cera.

EL PROPÓLEOS

            En los días calurosos, cuando se sobrepasan los 20º C, las pecoreadoras viejas pueden recolectar, desprendiéndola con las mandíbulas, una sustancia pegajosa que se halla en las yemas y en las ramas jóvenes de ciertos árboles [principalmente, álamos, sauces, pinos y eucaliptos]. Esta sustancia es conocida como propóleos. Una vez en la colmena, las abejas tapan los pequeños agujeros de la colmena o reducen las aberturas o pegan los panales a la colmena… siempre que la rendija no sobrepase los 6 mm.
            El propóleos es de color marrón o verde oscuro y posee un olor resinoso muy característico. Si se le aplica calor se reblandece, si se le aplica frío se vuelve quebradizo. Es curioso el origen de su nombre: proviene del griego pro + poleos [delante de la ciudad], pues las abejas lo usan para estrechar las piqueras de modo que se puedan proteger del pillaje.
            Para conseguir el propóleos, el apicultor raspaba algunas partes de la colmena. Un método más actual emplea mallas plásticas colocadas encima de la última alza hasta tapar las ranuras con propóleos, momento en que se meten en un congelador o una nevera para que cristaliza la sustancia y que, de esa forma, mediante sacudidas o torceduras se desprenda en pequeños cristales.
            Un empleo que se le da al propóleos es el medicinal por su actividad bactericida, antiinflamatorio y antifúngico; además, si se mezcla con alcohol u otro ungüento, acelera la cicatrización de heridas y quemaduras, combate las verrugas y cura algunas afecciones de la piel. De entre todos estos usos, uno muy recurrido es en el caso de inflamaciones de la garganta. Sin embargo, al apicultor no le suele hacer mucha gracia su manejo, pues el propóleos mancha los guantes, las manos y la ropa, y su eliminación es dificultosa; para colmo, podría provocar alergias en las manos.
 
LA COLMENA
            Los primeros colmenares, también llamados apiarios, surgieron en la prehistoria, cuando las personas decidieron llevarse consigo los troncos en donde las abejas anidaban. Los egipcios comenzaron a emplear recipientes de barro para introducir los enjambres, y el humo para calmarlas. En el norte de Europa se usó desde la paja de los cereales hasta los tallos de las zarzamoras. En Asturias era costumbre aprovechar los troncos huecos de los árboles, también tablas e, incluso, corcho.

            En Asturias las colmenas más sencillas [fijistas] constan de una cavidad con dos fustes [pares de palos cruzados], que las abejas aprovechan para construir sus panales colgándolos del techo. El armazón exterior o tronco de árbol se denomina truébano o trobo, el cual lleva una tapa superior llamada témpanu o caldulla; ahora bien, si la colmena está hecha con tabla, generalmente en forma cuadrada, se la nombra como casiellu o cubetu. Otro tipo de colmenas son más complejas [movilistas], cuya invención se sitúa en el siglo XIX, según las cuales los panales los terminan las propias abejas dentro de los cuadros [bastidores de madera de pino], lo cual permite sacar estos cuadros con su producto sin dañarlos y, al mismo tiempo, se reintroducen para ser aprovechados nuevamente. La caja inferior donde van colocados los cuadros se denomina cuerpo, y el resto de cajas se llaman alzas.
LA RECOLECCIÓN
            Cuando el apicultor se encamina a realizar la cosecha correspondiente en una colmena, se enfunda en un traje hermético con guantes y careta de malla o velo, de manera que evita las picaduras. A continuación se sirve del humo para asustar a las abejas, de modo que éstas se atiborran de miel por si hay que emprender la huida, lo cual las hace menos agresivas. A partir de ese momento el apicultor ya puede recolectar el producto. Par ello, retira los panales y los lleva al obrador [un almacén], donde corta la capa de cera de los opérculos, que cierran las celdillas; a continuación, introduce los panales en una centrifugadora, con cuyo movimiento hace que la miel se desprenda y decante de forma líquida en un recipiente, del cual pasará a los tarros que se han de comercializar. Con el tiempo la miel se cristaliza por un proceso natural, si bien no pierde ninguna propiedad. Normalmente se dejan los panales del cajón inferior para que su miel sirva de sustento a las abejas durante el invierno.
            Las colmenas se han de limpiar en primavera: cambiar la base por otra limpia y reemplazar dos panales viejos por otros dos nuevos. Otras tareas del apicultor son más complejas, como la reproducción artificial, la recogida de enjambres, la cría de reinas, etc.

 
 

sábado, 31 de mayo de 2014

El libre albedrío


Cuando el hombre tomó conciencia de su propia existencia, también la tomó de su muerte. Tener por cierto y seguro que un día la vida se agotará y no quedará nada, condujo al hombre a la desesperanza, sintiendo desabrida la vida y temiendo el final. Así pues, ideó un mundo en el que podía seguir disfrutando de su propio cuerpo, de sus pensamientos, de sus sentimientos; y ese mundo lo situó no en un lugar, sino en un tiempo: más allá de la muerte. De este modo, el hombre creó un universo en el que podía seguir viviendo sin temor a que su existencia llegara a su fin. Pero, aprovechando ese nuevo mundo, surgió un estamento nuevo también, el que otorgaba a ciertas personas un rango superior a las demás, colocándose como puente entre el mundo material y el espiritual, de modo que no tardó en aparecer la creencia religiosa, en donde ya no sólo existía un mundo por encima del vital, sino unos seres con conciencia: los dioses. A estos intermediarios entre dioses y hombres siguió la aparición de aquéllos que pretendían no ya servir de enlace entre la divinidad y la humanidad, sino de intérprete de la voluntad de los dioses, dando una explicación humana a los actos divinos: los teólogos. Hasta ese momento existía una gran contradicción creada por los líderes religiosos: todo sucede por voluntad divina; si esto es así, ¿cómo se puede culpar a alguien por obrar de una u otra forma, pues, al fin y al cabo, son los designios del dios los que se manifiestan a través de los actos? ¿Acaso Judas no entregó a Jesús porque así figuraba en las Escrituras? ¿Tenía Judas potestad para no cumplir con la voluntad divina? Sin Judas Jesús no habría sido sacrificado para el perdón de los pecados; luego, tan importante es Judas como Jesús, por el cual motivo no se puede condenar a Judas y ensalzar a Jesús, pues ambos cumplieron con su cometido, que, en última instancia, era mandato divino. Para parchear ésta y otras contradicciones, los teólogos crearon el concepto del libre albedrío, según el cual los humanos tienen capacidad de decisión independiente de la voz del dios correspondiente, de tal forma que los actos del hombre ya no son consecuencia de la voluntad divina, sino del entendimiento del propio mortal. Aun así, los teólogos no acabaron de pulir las escabrosidades entre el libre albedrío y los designios divinos: ¿dónde termina el mandato del dios y dónde empieza la libertad del hombre?

Si nos apartamos del mundo religioso, se puede decir que la libertad del hombre empieza justo donde terminan las circunstancias que lo rodean; es decir, si tenemos en cuenta que el hombre nace, crece y muere rodeado de sus propias circunstancias, se podría afirmar que su libertad es tan ficticia como lo es el libre albedrío de los teólogos. El hombre se conduce a impulsos de los estímulos exteriores, muchos de los cuales se han implantado en su interior y es gobernado por ellos. Ahora podemos afirmar que el hombre es la consecuencia de lo que le rodea y, al mismo tiempo, es parte de la causa de lo que ha de ser. Unos llaman a esas circunstancias voluntad divina y otros las llaman influencia conductual o términos similares. En fin, que el comportamiento, incluso el pensamiento de un ser humano es la reacción lógica del aprendizaje del subconsciente, tal como lo demuestran los múltiples experimentos que se realizan casi a diario desde todos los puntos de vista, desde el concienzudo estudio psicológico y filosófico, al mero entretenimiento televisivo. Si se analizan estos hechos de manera globalizada, sin centrarse en un único individuo, hallaremos algo sorprendente: es más fácil manejar un grupo social que una sola persona, y esto ocurre diariamente, casi a cada hora, casi en cada determinación que tomamos, pues la mayoría de nuestras decisiones están basadas en el colectivo: vestimos de forma similar, aunque en muchos casos ni siquiera nos hagan falta las ropas; creemos que matar está mal, no porque lo digan las leyes, sino porque lo dice la sociedad; cuando elegimos una pareja, lo hacemos por impulsos químicos y a tenor de ciertos rasgos distintivos; en todo momento nos comportamos como se espera de nosotros, a pesar de que en ocasiones estemos en contra de lo que nosotros mismos hacemos. En resumen, llámese o no libre albedrío, el hombre carece de él y su conducta viene guiada por los dictámenes de una divinidad o de una sociedad, llámese Dios o llámese Marketing o llámese Educación o llámese como se quiera.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Fotografía

Los parámetros sobre los que se basa una buena fotografía dependen en un principio de tres apartados: la apertura del diafragma, la velocidad de la obturación y la sensibilidad de la película. También se podría mencionar un cuarto apartado: la compensación de exposición. A la hora de juzgar una fotografía hay que examinar algunos aspectos: el campo de profundidad, la exposición, el contraste, el grano o ruido…
 Si utilizamos un teleobjetivo de 400 mm de distancia focal, con una abertura efectiva de 100 mm de diámetro, y por otro lado un teleobjetivo de 200 mm con una abertura de 50 mm, encontraremos que ambos ofrecen la misma luminosidad, que será 1/4 de la distancia focal, esto se abrevia representándose f/4. Por tanto la luminosidad de un objetivo o número F, es el cociente entre su distancia focal y el diámetro de su abertura.
La exposición es una de las fases fundamentales del proceso fotográfico . Los dos parámetros que controlan el valor de exposición en fotografía son el tiempo de exposición a la luz y su intensidad. En una cámara, el mecanismo que controla el tiempo de exposición es el obturador y el que regula la intensidad de la luz se denomina diafragma, que actúa estrechando el cono de luz que penetra por el objetivo. La luz se va reduciendo en pasos de ½; para ello, el diámetro sigue una progresión de razón de raíz de 2, es decir 1,4: f/1 - f/1,4 - f/2 - f/2,8 - f/4 - f/5,6 - f/8 - f/11 - f/16 - f/22 - f/32 ....
El diafragma controla, además de la iluminación, la profundidad de campo de la escena. Los factores que influyen en la mayor o menor profundidad de campo son tres: la distancia desde el objetivo al punto enfoque, la longitud focal del objetivo y el diafragma utilizado. Por tanto obtendremos una mayor profundidad utilizando objetivos de corta distancia focal (grandes angulares), enfocando objetos alejados de la cámara y cerrando lo más posible el diafragma. Por el contrario, si con un teleobjetivo con el diafragma totalmente abierto, enfocamos un objeto muy próximo, obtendremos una reducidísima profundidad de campo (cuando intentamos hacer un retrato en exteriores, o cuando pretendemos fotografiar un insecto posado en una planta sólo saldrá enfocado el objeto en cuestión). En general se puede decir que para lograr un menor campo de profundidad habría que aplicar lo siguiente:

ü  Diafragma pequeño (f).
ü  Distancia focal larga (mm).
ü  Distancia física cercana.
ü  Velocidad de obturación alta (1/).
Dado que en la práctica muchas veces resulta imposible acercarse al sujeto, o cambiar la distancia focal del objetivo, el control de la profundidad de campo se realiza fundamentalmente con el diafragma. Esta técnica, utilizada para resaltar un sujeto del resto aislandolo de su fondo, se denomina enfoque selectivo o diferencial. La mayor calidad de imagen se obtiene normalmente en los diafragmas intermedios, por lo general cerrando dos o tres diafragmas desde la máxima apertura. Las pequeñas cámaras compactas sin mecanismo de enfoque son capaces de fotografiar nítidamente un objeto situado entre 1,5 m. y el infinito, pues suelen llevar un objetivo de corta longitud focal (gran angular), con el diafragma muy cerrado (f/11 o f/16) y enfocado exactamente a la distancia hiperfocal (infinitivo).
Una de las velocidades de obturación (entre 1/60 y 1/250) suele figurar acompañada de la letra X, esto indica que esa velocidad es la máxima velocidad de sincronización con el flash, a partir de ahí si lo utilizamos, sólo aparecerá en la foto una banda de la escena. El resto de la escala de velocidades está formado por una serie de tiempos que se suceden duplicándose, con algunas aproximaciones, y es la siguiente: 1", 1/2, 1/4, 1/8, 1/15, 1/30, 1/60, 1/125, 1/250, 1/500, 1/1000.. La relación entre abertura y velocidad viene a ser equivalente: Si lo que queremos es congelar el movimiento, la velocidad ha de ser inversamente proporcional al valor de la apertura de diafragma utilizado: a mayor velocidad, mayor abertura y menor profundidad de campo.
Como medida de luminosidad se utiliza la escala EV (Exposure Value) cuyos valores indican una serie de combinaciones de velocidad-diafragma cuya luminosidad es equivalente. Un EV = 0 equivale a una exposición de 1" a f/1.0, este nivel luminoso se consigue lógicamente también con 2" a f/1.4, con 4" a f/2 y con todas las demás combinaciones equivalentes. De igual forma, un EV=1 equivale a 1" a f/1.4, 1/2" a f/1.0, y todas las exposiciones similares. También existen valores EV negativos (EV=-2, equivaldría a 8" a f/1.5). Cada cifra que aumentamos en la escala EV, conlleva una mayor luminosidad y por tanto habrá que cerrar un punto el diafragma o disminuir un paso en la escala de velocidad.



CASO PRÁCTICO

Estoy al sol y quiero hacer una foto de mi paisaje, y tras medir la velocidad y el diafragma, me sale que tengo que hacerla con velocidad 1/125 y diafragma f/11. Quiero que en ese paisaje se vea el movimiento de un caballo que va corriendo de un lado a otro. En este caso debería bajar la velocidad para conseguir captar la estela, por tanto bajaría la velocidad a 1/15s por ejemplo, ya que así captaría al caballo en movimiento, y el paisaje permanecería quieto. Si sólo modificara la velocidad, la foto me saldría blanca, ya que me salía bien a 1/125, por tanto, dejando la cortinilla de la cámara captando luz mucho más tiempo, haría que se captase mucha más luz de la necesaria. Como yo quiero esa velocidad para conseguir ese efecto de movimiento, me tocará jugar con el diafragma. Como quiero que entre menos luz para que no se me aclare mucho la escena, debería cerrar el diafragma (subir el número f). Los números f y las velocidades van ligadas, de forma que si bajo varios pasos de velocidad, tendré que subir los mismos pasos de número f para que la imagen siga estando iluminada correctamente. He pasado de 1/125s a 1/15s, que son tres pasos, por lo tanto tendré que subir el diafragma tres pasos desde f/11 a f/32.

Otro caso con parámetros para congelar el movimiento en un ambiente con mucha luz pudiera ser un ISO 200 y una velocidad entre 1/1000 y 1/1500. Para llevar a cabo un barrido con poca luz exterior podríamos usar un ISO entre 300 y 400 junto a una abertura f/15 y una velocidad entre 1/50 y 1/120. Hay que tener en cuenta que el ISO alto empleado cuando las condiciones de luz son precarias, conlleva una menor definición y contraste, así como un mayor ruido, todo lo contrario a cuando se emplea un ISO bajo en ambientes de mucha luz.


En líneas generales se pueden seguir tres pasos para conseguir una fotografía aceptable en cualquier ocasión:
§  Abertura (diafragma) f/3,5 a f/5,6 (necesita mucha luz) con ISO (sensibilidad) alto y velocidad (obturación) lenta.
§  Abertura (diafragma) f/5,6 a f/22 (necesita poca luz) con ISO (sensibilidad)  bajo y velocidad (obturación) rápida.
§  En interiores el mejor diafragma sería f/2, y en exteriores con mucha claridad f/32.


LUZ Y COLOR
La luz exterior del mediodía (5500 Kelvin) sirve para fotografiar los colores tales y como son; en cambio, al amanecer y al atardecer (3200 Kelvin) el color tiende al amarillo. La luz interior resulta verde si la lámpara es un fluorescente y amarilla si es de tungsteno (2800 Kelvin). Para corregir este defecto se usan filtros: para reparar un color, se debe usar un filtro con su color complementario. Así, para quitar un tinte amarillo hay que usar un filtro azul. El tinte naranja da calidez. En las cámaras digitales se usa el “balance de blancos” para corregir los tintes. La luz del mediodía es mala para retratos por causa de las sombras en la cara y que destacan los defectos de la piel.

Complementarios:
*      Rojo-Cian
*      Verde-Magenta (Violeta)
*      Azul-Amarillo
Formación de complementarios:
*      Verde = Amarillo + Azul
*      Azul = Azul + Púrpura
*      Rojo anaranjado = Rojo + Amarillo
*      Ocre = Magenta + Amarillo
Colores de luz:
*      Rojo + Azul = Magenta
*      Rojo + Verde = Amarillo
*      Azul + Verde = Cian
*      Cian + Amarillo = Verde

Galería de fotografías

domingo, 29 de diciembre de 2013

Mingoyo o el pueblo desaparecido

                Ocurrió en 1854. Se dice que no hubo supervivientes en el pueblo. Las autoridades decidieron incendiar todas las viviendas para que no se volviera a repetir en el futuro. El lugar: Mengoyo, en el municipio asturiano de Quirós.
                Como todos los inviernos de aquella época, la nieve cayó inmisericorde sobre el pueblo y los alrededores, con tal cantidad que los pasos se hacían intransitables. Los habitantes de Mengoyo ya estaban acostumbrados al aislamiento que el invierno les enviaba todos los años, así que, como siempre, se dispusieron a subsistir una vez más, como sus antepasados habían hecho desde que tenían uso de razón. Uno de sus visitantes más asiduos, el párroco de Casares, tampoco acudía a impartir la misa durante ese período, así que los habitantes de Mengoyo estaban imposibilitados para pedir cualquier tipo de ayuda, en caso de que se precisara. Por aquel entonces no existía en el pueblo otro medio de comunicación que el boca a boca, pues ni siquiera la prensa escrita llegaba hasta él.
                A mediados de abril de aquel año se celebraba la Semana Santa, cuando ya la mayor parte de la nieve se había derretido y el deshielo había abierto los pasos de entrada y salida del pueblo. Así pues, el sacerdote de Casares se encaminó hacia Mengoyo para cumplir con el rito religioso correspondiente. Cuando divisó el pueblo desde una loma ya próxima a él, nada le hizo extrañar su aspecto, ni siquiera se había fijado en que las chimeneas no humeaban, aunque el frío era intenso. Poco a poco fue bajando hacia las primeras casas y cuanto más se aproximaba más incómodo se sentía, aun sin saber por qué, hasta que se dio cuenta del silencio, un silencio chocante que reinaba sin aparente motivo. Al entrar en el pueblo lo primero que vio fue un hombre caído en plena calle, inmóvil. Se acercó a él, le zarandeó para despabilarlo y, apenas tocó su piel, notó la frialdad de la muerte.
                El cura se encaminó a grandes pasos hasta la primera vivienda, que tenía la puerta abierta, y llamó a quien le pudiera oír. Nadie respondió. Entonces se decidió a entrar en la casa para descubrir que sus residentes también habían perdido la vida. Salió de la casa y recorrió el pueblo, pero sólo encontró cadáveres esparcidos por las calles. Entre la nieve acumulada en la orilla de una calle yacía una mujer, abrazada a la cual estaba su hijo, un niño de pecho, muerto también. Un poco más allá de la madre y el hijo, un cerdo se pudría en la cochiquera con la boca abierta, como si hubiera intentado tomar una última bocanada de aire antes de expirar. Divisó, luego, la iglesia, una pequeña capilla que permanecía con la puerta abierta; se dirigió hacia ella y dentro se topó con tres cadáveres putrefactos abrazados a los santos que el lugar sagrado guardaba.  
                En total fueron veintidós los vecinos muertos, toda la población de Mengoyo, aunque hubo quien dijo que se había salvado un pastor que había pasado el invierno fuera del pueblo. Las autoridades, tras la investigación pertinente, culparon de la tragedia al pan de escanda, pues en el examen de los cadáveres había aparecido un trozo de éste en el estómago del cerdo, así que hubo de ser un envenenamiento general por algún contaminante en el pan. Según la costumbre,  un vecino solía elaborar un bollo de pan dulce en época de Semana Santa, el cual repartía entre todo el pueblo; los sesudos investigadores adujeron que tal vez la escanda estuviera mal cribada y una planta venenosa, que suele crecer en las plantaciones de este cereal, haya pasado a la masa. Sin embargo, la tradición prefiere pensar que fueron las salamandras quienes contagiaron el agua con su piel ponzoñosa. Sea como fuere, todo permanece entere la brumas de la suposición.

                Por temor a que, al fin y al cabo, se tratara más bien de una especie de enfermedad contagiosa, peor que la peste, decidieron enterrar todos los cadáveres en una fosa común y prender fuego a todo el pueblo, de modo que el lugar quedara purificado. Antes de llevar a cabo tan drástica resolución, los habitantes del vecino pueblo de Villagondu consideraron que no todo merecía un final tan resoloutivo, así que desmontaron una hermosa panera que había en Mengoyo, se llevaron las piezas a su pueblo y en él la volvieron a erigir. En vista de lo sucedido, sea por obra de brujerías o de animales malignos o de plantas mefíticas, los ganaderos rehusaron llevar el ganado por aquellos pastizales, por el cual motivo la maleza fue adueñándose del terreno con el transcurso de los años. Ya sólo quedan unas tristes ruinas de lo que antaño fue Mengoyo, aunque desde aquel entonces nada anómalo volvió a suceder.
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